Control y manejo de malezas: estrategias y tácticas para avanzar hacia un programa de manejo integrado de malezas (MIM)

Control y manejo de malezas: estrategias y tácticas para avanzar hacia un programa de manejo integrado de malezas (MIM)

Autor: Dr.(Ms.Sci.) Horacio Acciaresi
EEA Inta Pergamino-Grupo Protección Vegetal-Malezas
acciaresi.horacio@inta.gob.ar

El uso de herbicidas ha permitido en términos globales, evitar aproximadamente un 70% de pérdidas de la producción agrícola potencial. No obstante, y a pesar del sostenido aumento en el uso de herbicidas (FAO, 2012), las malezas continúan siendo la principal adversidad biótica de pérdida de rendimiento de la mayoría de los cultivos (Oerke y Dehne, 2004). La creciente intensidad de uso de herbicidas está asociada a la expansión de cultivos resistentes a los mismos en las principales regiones agrícolas del mundo. Así, paulatinamente se fue produciendo (de la mano de un proceso de “sojización”) una simplificación en el control de las malezas en los principales cultivos sustentado en el control químico efectivo y económico. El uso repetido de glifosato llevó a un proceso de aumento de la presión de selección sobre las malezas, lo que condujo en los últimos años a un considerable aumento de los casos de resistencia de distintas malezas a diferentes familias químicas de herbicidas. A este panorama se agrega la mayor demanda de herbicidas que plantea la evolución de resistencia múltiple, como es el caso paradigmático de Lolium rigidum en Australia (Pannell y otros, 2004), y que actualmente ya afecta a diferentes regiones del mundo, incluyendo nuestro país.

Figura1HA

Figura 1: Evolución del número de especies de malezas con resistencia a herbicidas (círculos vacíos), luego de los dos primeros casos presentados en 1957 (Commelina diffusa en Hawai, EEUU y Daucus carota en Ontario, Canadá, resistentes a auxinas sintéticas) y número de especies con resistencia múltiple (círculos llenos) desde el primer caso informado en Alemania para Amaranthus retroflexus resistente a ureas, amidas y a inhibidores del fotosistema II, en 1980.

Ya en los ´50 Harper (1956) advertía sobre las consecuencias de la intensa presión de selección ejercida por los herbicidas sobre poblaciones de malezas con elevado potencial reproductivo. La pérdida de opciones de control debido a la ineficacia de determinado modo de acción de herbicida representa en sí mismo un nuevo y complejo problema para la economía de los productores y para la viabilidad de la producción agropecuaria insumo-intensiva (Norsworthy y otros, 2012), una visión que fue anticipada para los sistemas extensivos de la Argentina en los inicios de la década del 2000. Paradójicamente, las nuevas aproximaciones tecnológicas implican incrementar no sólo la dependencia de herbicidas con diferentes modos de acción sino además de cultivos resistentes a los mismos (i.e. resistencia a glufosinato, dicamba, 2,4-D, inhibidores de ALS y de ACCAsa, inhibidores del fotosistema II, Triazina y HPPD y la mayoría además con resistencia a glifosato).
Mortensen y otros (2012) describen esta creciente dependencia y exceso de confianza en nuevas soluciones sólo químicas como “encrucijada tecnológica” para el manejo sustentable de malezas. Por otra parte, si bien los herbicidas en general se agrupan entre los fitosanitarios de menor toxicidad según la Organización Mundial de la Salud, no son inocuos. Ello obliga a crecientes inversiones por parte de la industria y de organismos del estado para determinar los riesgos para la salud humana y el ambiente en diversos ecosistemas del mundo. De todos modos, es imposible probar la seguridad o medir los riesgos en todos los escenarios imaginables en que se puedan emplear los fitosanitarios (Whitford y otros, 2012), ya que mientras su carga en el agroecosistema supere la capacidad de degradación física, química y/o biológica del mismo, su acumulación será inevitable y la superación de umbrales críticos para la salud y el ambiente, cuestión de tiempo (Kjær y otros, 2005).
Una estrategia efectiva de manejo de malezas a mediano plazo está esencialmente basada en la aplicación práctica del concepto ecológico de diversificación del disturbio, la potenciación de los procesos que controlan el tamaño poblacional de las plantas espontáneas y simultáneamente la maximización del aprovechamiento de los recursos por parte de la especie cultivada. Todo ello se traduce en una diversificación tanto de cultivos como de prácticas culturales tanto como sea posible, en el marco de las limitaciones impuestas por un agroecosistema (Liebman y Davis, 2000).
Lo que debe quedar claro es que no se trata de sólo cambiar métodos para eliminar malezas ni tampoco descartar a los herbicidas, sino de un cambio de enfoque en la definición y el abordaje del problema. Cambiar el concepto de control por el de manejo de malezas, implica poner en práctica en forma paulatina un programa de manejo integrado de malezas (MIM) en el agroecosistema en donde se desempeña el profesional. Mientras que el concepto de control se focaliza en eliminar o reducir la abundancia de malezas como “causa” de pérdidas de rendimiento, el de manejo reconoce a las mismas como “consecuencia” de disfunciones del agroecosistema que se intentan comprender.

Marcos conceptuales y estrategias concretas para la implementación de un Manejo Integrado de Malezas (MIM)

Desde el punto de vista conceptual, mientras que las tácticas predominantes en el paradigma tecnocéntrico de control son “reactivas” (curativas) (reducción de poblaciones infectantes para evitar o minimizar pérdidas económicas), las definidas con el enfoque de manejo, enfatizan las tácticas “proactivas” (preventivas), actuando principalmente sobre las causas que determinan la abundancia y el daño producido por las malezas.
Este cambio de paradigma conceptual significa un verdadero diseño del sistema de producción y el análisis de todos sus componentes y relaciones en el marco del agroecosistema regional. Al contrario de lo anterior, en las últimas décadas, ha sido prevalente el mensaje de la simplificación de los sistemas de producción, construidos sobre la base del uso de tecnologías de insumo, de uso masivo y simple y que indudablemente ha permitido aumentar la escala de superficies cultivadas a niveles impensados pocos años atrás, especialmente en relación con los cultivos extensivos.
A este panorama, se agrega otro elemento que ha potenciado la situación actual: la existencia de normativas legales y/o formatos de contratos que permiten arrendamientos de campos por periodos muy breves y la simultánea irrupción de grupos financieros que invierten en la producción agropecuaria tratando de maximizar la ecuación económica anual, con una visión muy limitada de sus implicancias en el agroecosistema en el mediano y largo plazo.
La situación descripta no sólo es patrimonio de Argentina, ya que como recientemente se analiza para el caso de los agroecosistemas del cinturón maicero norteamericano, si bien los beneficios de largo plazo que surgen de la aplicación de programas de manejo integrados son ciertos, muchos productores focalizan sus acciones en la obtención de beneficios del corto plazo. Así a nivel del país (USDA-NASS, 2007), el 38 % de la tierra bajo cultivo está operada por arrendatarios (una proporción que asciende al 50 % en regiones del medio-oeste y Mississippi), quienes aplican criterios bastante diferentes de los que suelen utilizar en sus propios establecimientos, focalizando sus acciones sólo en los retornos del cultivo actual y sin tener demasiada consideración acerca de sus efectos en el largo plazo, porque la probabilidad de tener a su cargo el mismo predio al año subsiguiente es baja. Tampoco funcionan claramente las restricciones impuestas por el dueño de la tierra sobre el arrendatario, en relación con las rotaciones que deben realizarse.
De este modo, para avanzar hacia la implementación progresiva de un MIM, debe contemplarse cuatro estrategias:

1) La prevención de invasiones de especies no presentes en una determinada región.
2) El diseño y manejo de agroecosistemas que aumenten la resistencia a las invasiones, la tolerancia a la competencia y la capacidad supresora de los cultivos (Nazarko y otros, 2005), además de evitar los ajustes adaptativos al sistema productivo por parte de las comunidades y poblaciones de malezas (Mohler y otros, 2001).
3) El aumento de la eficiencia de uso de los herbicidas, tendiendo a un aumento de eficacia y/o una reducción de las cantidades empleadas.
4) La sustitución y/o combinaciones sinérgicas con métodos alternativos y/o complementarios a los herbicidas.

Para lograr estos objetivos se requiere implementar tanto tácticas reactivas (curativas) preventivas como proactivas.
Como se estableció anteriormente, las tácticas reactivas apuntan a disminuir los daños a los cultivos, eliminando las malezas cuando su abundancia supera cierto umbral. La proactividad se refiere a definir objetivos y seleccionar y aplicar tácticas en base a la anticipación de los problemas. Así el comportamiento proactivo se focaliza en el conocimiento de las causas y los factores y mecanismos determinantes de los resultados del proceso que se pretende manejar, antes que a reaccionar frente a estos resultados en forma correctiva (táctica reactiva).
Así, las tácticas proactivas -preventivas tienen el objetivo estratégico de reducir la necesidad de recurrir a tácticas reactivas a través del manejo de los agroecosistemas. De este modo, las cuatro estrategias definidas para avanzar en un MIM pueden llevarse a cabo utilizando una veintena de tácticas (o una combinación de ellas), ya sean de naturaleza proactiva o reactiva. Las mismas son:

Figura2HA

Tabla: Estrategias, grupo de tácticas y tipo de táctica (proactiva (P) o reactiva (R)). (Modificado de Fernandez, Leguizamón & Acciaresi, 2014).


Prospectiva: el desafío de implementar un programa de MIM y sus condicionantes

Existen diferentes y bien fundadas razones para revertir la tendencia creciente en el uso de herbicidas, tanto para preservar los beneficios económicos de los productores como la calidad alimentaria y ambiental de la población. Además, siendo técnicamente posible y económica viable (Pimentel y otros, 1995), su prosecución es éticamente irrenunciable.
Como se desprende de la existencia de tácticas reactivas y proactivas, existe una amplia diversidad de opciones tecnológicas y herramientas teóricas que permitirían articular inteligentemente las mismas en el MIM. La transición desde el paradigma curativo del control al preventivo del manejo no implica contraponer o subordinar decisiones y acciones de corto plazo a las de largo plazo, sino complementarlas y potenciarlas recíprocamente.
Esta integración sinérgica representa un importante desafío tanto para la investigación como para la extensión agrícola, a fin de racionalizar (en la medida de lo posible), el uso de herbicidas por el uso intensivo de conocimiento (Tilman y otros; 2002), e identificar y remover los factores de orden social, económico e institucional que obstaculizan la adopción de estrategias de manejo integrado (Mohler y otros, 2001).
De este modo, la puesta en marcha de un programa de MIM en forma exitosa implica la integración sinérgica de tácticas reactivas y proactivas para aumentar la eficiencia de uso de los herbicidas, complementarlos con métodos no químicos y reducir la necesidad de utilizar tácticas de control reactivas a través del rediseño y manejo de los agroecosistemas, de manera de potenciar los mecanismos de resistencia a invasiones y la biorregulación de la dinámica poblacional de malezas.
La necesaria transición hacia el logro de los objetivos de un programa de MIM exitoso demanda reencauzar investigaciones en ciencias de las malezas, con mayor vocación y con inversiones en cuestiones relacionadas con el desarrollo de opciones tecnológicas eficaces, económicamente viables y coherentes con metas de desarrollo sustentable de los agroecosistemas.
Las investigaciones tradicionales, efectivas para la adaptación de tecnologías de insumo y la resolución de problemas por cultivo, no lo son para el desarrollo y transferencia de tecnologías de proceso, que demandan el manejo adaptativo de problemas a escala de sistemas de producción. Varias experiencias internacionales de investigación-acción participativa “en chacra”, señalan caminos posibles para el abordaje sistémico de la complejidad y la facilitación de la enseñanza y la extensión agronómica del manejo de malezas.
Algunas de las barreras a la adopción de prácticas de manejo menos dependientes de herbicidas (y de fitosanitarios en general) pueden identificarse en la formación profesional y académica en Ciencias Agrarias. Otras, en la carencia de políticas públicas proactivas que establezcan taxativamente metas y plazos y faciliten la transición tecnológica necesaria para minimizar esa dependencia.

Referencias bibliográficas.

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